¿Desde cuándo?
¿Desde cuándo escondes tu rostro de mi presencia?
¿Desde cuándo dejé de estar presente en tus pensamientos?
¿Cómo vas a conocerme si te alejas de esa manera?
¿No te das cuenta que soy la paz que habita en la tempestad?
¿Y el consuelo que arrebata la tristeza?
Búscame cuando no haya pan en tu mesa
Y estaré presente para saciar tu necesidad
Búscame cuando la espada del dolor destroce tu alma
Y estaré a tu lado para curar una a una tus heridas
Pero por favor no me abandones cuando no me necesites.
Quiero permanecer a tu lado para reír contigo
Permíteme saborear tus lágrimas, pero también tus alegrías
Quiero acompañarte en tu rutina y experimentar tus frustraciones
Déjame ser parte de tu crecimiento y de tu aprendizaje
Pero sobre todo déjame ser parte de tu vida.
Seguiré preguntándome
Me considero una persona analítica. Antes de tomar decisiones pienso mil veces las posibles consecuencias de lo que voy a decidir procurando con ello no equivocarme. ¿Me he equivocado? ¡Mil y una vez, por supuesto! Pero curiosamente a raíz de todo el dolor que he sufrido en años recientes ahora analizo no solo mis decisiones, sino también el propósito de Dios con la humanidad y la manera en que él obra en medio nuestro. Por lo tanto mis preguntas afloran aún más…
¿Por qué Dios nos permite pasar por determinadas experiencias, especialmente aquellas que tanto nos lastiman? ¿Por qué debemos siempre pasar por “el desierto” para poder dar frutos? ¿Cuántas verdades hay mucho más allá de las que conocemos? ¿O acaso mi verdad, aquella que he conocido desde niña es la única verdad?
En días recientes tuve la maravillosa experiencia de compartir con mi hija menor, Aracely, uno de los momentos más significativos de mi vida. Momentos en los cuales puedo decir, sin temor a equivocarme, que tuve la oportunidad de limpiar mi cuerpo y mi espíritu de adentro hacia afuera. Mi cuerpo porque me llevó a ver a un naturópata el cual me hizo un tratamiento de desintoxicación que me ayudó a limpiar mi sistema digestivo. Y mi espíritu porque tuve la oportunidad de recorrer un hermoso laberinto que me permitió recordar y analizar la trayectoria de mi vida, enjugar con mis lágrimas aquellas cosas que tanto me han lastimado y renovar mis votos de obediancia y lealtad a mi Señor.
¡Hablé con mi hija tantas cosas! Anécdotas de mi niñez que ella desconocía, recuerdos hermosos que vivimos, situaciones similares que nos ha tocado vivir y sueños que nos apasionan. Pero lo más maravilloso fue que mis lágrimas de dolor se volvieron en lágrimas de alegría al “juntar todas las piezas del rompecabezas de nuestra existencia” y ver cómo todo encajaba dentro del plan que Dios ha diseñado para nuestra vida. Un plan para el cual cual nos había escogido y preparado con un propósito especial. Decidimos entonces sellar un pacto en el cual le pasé simbólicamente mi antorcha con la cual ella se comprometió a continuar la misión que Dios nos ha encomendado cuando decida llevarme a su presencia.
Después de esta experiencia puedo asegurarles que todavía tengo muchas preguntas. Pero éstas decidí dejarlas en el tintero para cuando esté con él cara a cara con Dios.
Entretanto…
• he decidido que ni mis interogantes, ni mis dudas, ni la gente, ni las circunstancias que me rodean, me robarán la paz y mucho menos el entusiasmo de seguir sirviendo a un Dios maravilloso, a un Cristo resucitado.
• buscaré honrar a mi Señor en todo lo que haga.
• procuraré analizar todo a través de Sus ojos.
• contaré mis bendiciones en vez de sacar cuenta de mis frustraciones.
• viviré agradecida por las innumerables bendiciones que a Dios le ha placido regalarme.
• reconoceré que a pesar de mí misma, de mis virtudes y defectos soy un tesoro especial para Dios y su amor hacia mí es más infinito.
• buscaré rodearme de todo lo que amo y de todo aquello que me llena de paz y felicidad.
• mientras llego a mi destino final, me conformaré; no con encontrar respuestas a mis preguntas, sino con plantearme el “para qué” de las cosas que están sucediendo.
• y como nuestro paso por este mundo es como un suspiro, trataré de dejar una huella de amor y de paz en todo aquello que toque y en todo lo que haga.
Vidas de hierro o porcelana
Mi vida ha sido rota muchas veces y cuando intenté repararla por mi propia cuenta la forma no quedó igual. Mi vida, como figura de porcelana estaba llena de cicatrices, asperezas y el color ya no guardaba la brillantez y belleza que solía tener. Para que todo pudiera quedar completamente restaurado tuve que recurrir al Maestro, el único escultor capaz de repararla perfectamente.
Nuestra sociedad está llena de “vidas de porcelana”, hermosas, pero muy delicadas que viven expuestas a hacerse pedazos por los golpes de la vida. El rencor, la envidia, la incomprensión, la violencia, la falta de amor y todo aquello que resulta del pecado, son “la estantería” donde estas se colocan y quedan expuestas a romperse al mínimo contacto. Cuando esto ocurre muchas buscan repararse, pero otras prefieren escapar y convertirse en figuras de hierro y tornarse insensibles al dolor y al sentimiento.
Escoger convertir nuestra vida en “figura de hierro” es una opción tan o más lamentable que la de tratar de reparar nuestra vida de porcelana. Porque al convertirnos en hierro nuestro corazón se endurece y nos volvemos insensibles a los aspectos positivos que nos rodean. Nuestra vida se seca, nos volvemos incapaces de sentir ni expresar amor y sentimos que todo lo que nos rodea conspira en contra nuestra.
Cuando tu vida de porcelana se rompa, tienes tres opciones: tratar de repararla sin las herramientas ni el conocimiento necesarios, obteniendo como resultado una vida incompleta y vacía. Buscar reemplazarla por una figura de hierro y volverte insensible a los golpes de la vida que se avecinen, o buscar un escultor que sepa repararla a la perfección. Te recomiendo esta última.
Busca a Jesús, el Maestro de escultores. Uno que en sus tiempos fue conocido como un simple carpintero, pero que hoy por hoy no hay nadie en el mundo que pueda hacer las obras que éste hace. Te aseguro que si depositas en sus manos tu vida de porcelana hecha pedazos, Él la restaurará sin dejar una sola huella, con la diferencia que tu vida no será igual porque tu frágil porcelana se volverá tan fuerte como el hierro, capaz de sobrellevar las más terribles pruebas dentro de un marco de amor y de paz.
Opine sobre el tema »Anoche colapsé en llanto y me sentí miserable
Creo que no me había dado la oportunidad de llorar a rienda suelta la pérdida de mi madre. Sucedió que ocurrieron tantas cosas juntas. Situaciones tan tristes y, que requerían de mi fortaleza para apoyar a los seres queridos que me rodeaban, que no tuve la oportunidad de expresar mi profundo dolor. Pero ayer lloré y lloré hasta que me quedé dormida.
¡Cuánto hubiese dado por tener a mi madre viva para volverla abrazar y decirle cuánto la amaba! Aunque sé que fui buena hija, siento que no pude retribuirle todo lo que hizo por mí. Aunque pensándolo bien, todo lo que hubiera podido darle quizá me iba a parecer poco para compensarle todo lo que significó para mí y para todos mis hermanos.
Como muchas madres pobres de la época, la mía dedicó su vida a sus hijos (seis y una nieta). En aquella época no teníamos lavadora, aspiradoras o lavaplatos.¡Ni siquiera televisión ni tocadiscos para «entretener» a los hijos! Sin embargo, nunca la escuché quejarse. Se levantaba contenta todos los días antes de salir el sol y cuando nos levantábamos ya había preparado el desayuno y el almuerzo. Su mayor felicidad era ver a sus chiquillos bien alimentados.
Aunque nuestra comida era escasa, ella se las arreglaba para «inventar» y siempre teníamos abundancia dentro de la escasez. No recuerdo haber visto a mi madre sentada sin hacer nada. ¡Era como si nunca se cansara! Jamás estuvo en una fiesta y sus salidas se limitaban al trabajo o al colmado. Tampoco conocíamos eso de entretenernos de «shopping» pues vestíamos y calzábamos de la única tienda que había en el pueblo donde en el caso de las mujeres teníamos que conformarnos con escoger una tela para que la vecina nos cosiera el vestido de acuerdo a sus posibilidades.
¡Qué recuerdos! Dentro de aquella pobreza ¡fui tan feliz! Feliz de tener una madre amiga. Una madre comprensiva y amorosa. Una madre que me formó y por la cual soy como soy. Una madre inteligente que a pesar de que no tuvo la oportunidad de educarse me dio la mejor educación que pude haber recibido en cualquier universidad. Una madre de la cual me siento orgullosa, la cual siempre admiré y que mientras viva buscaré honrar su memoria.
Pero lo peor de todo fue que todos estos hermosos recuerdos me llevaron a pelear con Dios. ¡Sí! Porque no podía entender ni aceptar que mi madre pasara por esta vida prácticamente renunciando a todo por nosotros para terminar postrada por tantos años sufriendo una larga enfermedad. «¡No es justo! ¿Por qué?» le grité a Dios.
Hoy, después de dormirme llorando me desperté llorando. Mientras escribo tengo que detenerme a secar mis lágrimas, pero siento una profunda necesidad de desahogarme y decirle a Dios cómo me siento. Entender el dolor de la vida no es fácil, pero reprocharle a Él por todo lo malo que ocurre sí lo es. El dolor humano ante la separación de un ser que amamos tanto nos hace perder la perspectiva de lo que realmente somos para Dios. Y nos hace olvidar que nuestra vida es más que esta «caja» que tenemos como cuerpo donde «guardamos» eso que se llama vida. Nuestra vida plena es la que continúa precisamente después de la muerte y es allí donde termina la tristeza y el dolor.
Mi único consuelo es recordar esa promesa maravillosa de Dios y comprender que la vida trasciende lo que vivimos aquí y ahora. «Voy a preparar morada para ustedes» dijo el Señor. Y yo sé que ahora mi madre está disfrutando a plenitud una morada que es mucho mejor a la que tenía. Una morada en compañía del Altísimo y donde el llanto, el dolor y el sufrimiento no tienen cabida.
15 comentariosUna maleta de sueños
En estos días recibí una llamada de mi hijo para darme la noticia de que él y su esposa habían decidido mudarse a New York. Ellos se conocieron mientras él estudiaba en la universidad en Los Ángeles y cuando se casaron decidieron establecerse allá. Querían conocer mi opinión y la de su padre, aunque ya su decisión obviamente estaba tomada. En medio del alboroto de sus dos hijitos habían comenzando a decidir qué cosas iban a incluir en su equipaje y ya él tenía programada su primera entrevista telefónica de trabajo. «Necesitamos un cambio», me dijeron, «Por favor oren mucho por nosotros».
Todo esto me hizo recordar las muchas veces que nosotros también en nuestro país empacamos tras un sueño. El sueño de darle un mejor bienestar a nuestros hijos, el sueño de superarnos en nuestro trabajo, en nuestra profesión, en fin… y hace exactamente 18 años volvimos a empacar para llegar venir a este país. Pero esa vez nuestras maletas estaban repletas de sueños; los de ellos y los nuestros.
Si una cosa debo reconocer es la fidelidad de Dios. Él siempre ha sido fiel y su bendición no solo ha abundado, sino que ha sobreabundado en nuestras vidas. Sin embargo, cuando miro en mi interior debo confesar que en todo este largo peregrinaje muchas veces me he sentido abrumada, confundida, angustiada, y he reaccionado como el pueblo de Israel: Olvidándome del Dios que suplió en el desierto el maná, las codornices y el agua y, el que dirigió sus pasos de día y de noche.
Aunque si bien es cierto que en mi desesperación no me he puesto a construir becerros de oro, es decir, no he recurrido a buscar ayuda fuera de Dios, quizá en cierto modo me he «endiosado» a mí misma al creerme capaz de encontrar la solución a los problemas y situaciones adversas que se nos han presentado. ¡Ay de mí ignorante y olvidadiza! ¡Con cuánta rapidez he olvidado que mi Dios es un Dios de poder que no responde por lo que hacemos, sino por lo que somos y significamos para Él!
Me hubiera bastado con tener presente esta hermosa promesa revelada en el libro de Isaías: «No temas que yo te he redimido; te he llamado por tu nombre; Tú eres mío. Cuando cruces por las aguas, yo estaré contigo; cuando cruces por los ríos, no te cubrirán las aguas; cuando camines por el fuego, no te quemarás ni te abrasarán las llamas». Isaías 43.1-2
«Así que no temas, porque yo estoy contigo; no te angusties porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré; te sostendré con mi diestra poderosa» Isaías 41.10
Me pregunto, si aún conociendo esta extraordinaria promesa me he sentido literalmente «ahogada en un vaso de agua» y muchas veces desesperada pensando que no hay solución, ¿cómo se sentirán los que inician su travesía persiguiendo un sueño y apostando todo a ellos?
1 comentario¿Qué es un blog?
Existen más de 30 millones de blogs en la Internet. Según la enciclopedia on line Wikipedia, “un weblog, también conocido como blog o bitácora (listado de sucesos), es un sitio web periódicamente actualizado que recopila cronológicamente textos o artículos de uno o varios autores donde el más reciente aparece primero, con un uso o temática en particular, siempre conservando el autor la libertad de dejar publicado lo que crea pertinente”.
Los weblogs usualmente están escritos con un estilo personal e informal.
El servicio Blogger.com los define así: “Es un diario personal. Un púlpito diario. Un espacio cooperativo. Una tribuna política. Una colección de links. De pensamientos privados. Memos al mundo”.
3 comentariosLa oración sana las heridas
No sé usted, pero yo tengo la costumbre de tomar muy en serio el concepto de la amistad. Y es que para mí, como dice la Escritura, un amigo es como un hermano. Por esta razón, cuando entrego mi amistad, lo hago con transparencia, sin tapujos, sin reparos, en fin, una entrega incondicional. Quizá por eso me duele tanto cuando descubro que mi concepto de amistad no fue recibido con la misma reciprocidad, sino que más bien ha sido traicionado.
A lo largo de mi vida he sufrido muchas desilusiones. Amigos en los cuales había depositado absoluta confianza y de la cual pensaba que estarían para mí «al pie del cañón» para apoyarme c
uando más los necesitara. Sin embargo, al momento de llegar la hora de la verdad pesaron más sus propios intereses y bienestar que mi necesidad. ¡Cómo me dolió sentirme defraudada de esa manera! Mi reacción después del dolor y el enojo fue simplemente sacarlos de mi vida; como suelo decir: «sacármelos del sistema». Claro, “como cristiana no les guardo rencor, simplemente, para mí es como si no existieran”, pensaba; como si estuviera justificando de esa manera el que no les estuviera haciendo daño, y por lo tanto quedaba además “libre de todo pecado”. ¡Cuán equivocada estaba!
Cuando el profeta Samuel se desilusionó con su pueblo y los enfrentó con su pecado, ellos le pidieron que orara por ellos. La respuesta del profeta fue: «Lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros…» 1 Samuel 12.23. Este pasaje fue como haberme tirado un cubo de agua fría en la cara. Samuel, que debió haberse sentido tan desilusionado como yo, ¡su único temor era el que pudiera dejar de orar por ellos! ¿Cómo puedo entonces tomar yo la decisión de ignorar en mi agenda de oración a quienes me han lastimado?
Nuestro corazón debe ser recto ante Dios a fin de perdonar y orar por los que pecan contra nosotros, que nos fallan y nos decepcionan (Santiago 5.16). Por ende, no podemos orar sino somos capaces de perdonar. Con vergüenza debo reconocer mi pecado de no haber estado orando por estas personas. Y con paz en mi corazón puedo decir que ya he comenzado a hacerlo. Ahora me resulta fácil porque he llegado a entender que de no hacerlo estaría no solo haciéndome daño a mí misma, sino que estaría pecando contra Dios. Orar por ellos ha sido como un bálsamo para sanar las heridas que estaban echando raíces de amargura en mi corazón. Y esta experiencia sin duda me fortalecerá para las muchas desilusiones que sin duda recibiré en lo que me resta de vida.Tags: amistad, cristianismo, biblia, rencor
8 comentarios¿Cómo has soñado tu vida?
La vida no siempre transcurre como la imaginamos o soñamos. Vivimos no en un lecho de rosas, sino expuestos a una ruta de dolor, incertidumbre y frustración. ¿Te has preguntado alguna vez si estás listo para enfrentar la desilusión y caminar sin una guía clara y sin un mapa preciso?
Tengo una amiga que tiene un hijo austista, por lo cual decidió abandonar una importantísima y prometedora carrera para dedicarse a su cuidado. La paciencia, el amor y la alegría con la cual ella se desenvuelve me impresionaron tanto al punto de comentarle cuánto admiraba la forma en que ella manejaba su difícil tarea, más aún, cuando por motivos de trabajo de su esposo ella permanecía la mayor parte del tiempo sola.
¿Sabes? Resondió. «Creo que Dios me dio este hijo porque me había preparado de antemano para ayudarlo a superarse en la vida. Aunque ya tiene nueve años, aún no habla y tiene tantas otras limitaciones, va progresando poco a poco; y aunque su progreso es lento, ¡yo lo celebro por mínimo que sea! La verdad es que cada día le doy gracias a Dios por este hijo hermoso y maravilloso que me ha regalado».
Debo admitir que esta forma de enfrentar la vida me impactó en gran manera porque somos capaces de soñar, de imaginarnos cosas y de llenarnos de expectativas. Expectativas propias y de los demás, pero cuando estas fallan, nos derrumbamos de forma catastrófica. ¡Cuán rápido olvidamos que la felicidad y la satisfacción no dependen de la gente ni de las circunstancias, sino de Dios!
Oswald Chambers dijo en una ocasión: «La agonía de la aflicción del hombre a menudo es necesaria, a fin de ponerle en la actitud adecuada para enfrentar las cosas fundamentales de la vida». La pregunta es: ¿Estamos listos para enfrentar las nuestras? El apóstol Santiago dijo: «Considérense muy dichosos con diversas pruebas, pues ya saben que la prueba de su fe produce constancia. Y la constancia debe llevar a feliz término la obra, para que sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada (Santiago 1.2-4).
Stormie Omartian, en su libro «Suficiente luz para el próximo paso» nos exhorta a extendernos más allá de nuestra «zona de confort», a caminar nuevos territorios y a enfrentar nuevos desafíos, no solos, sino tomados de la mano poderosa de Dios. Y como ella misma asegura: «No se trata de vivir con la confianza de que nuestros deseos, sueños y expectativas están basados en la certeza que da da Dios de que Él está tras ellos. Se trata de querer la esperanza que viene solo de Dios y que está basada el el fundamento de sus promesas para nosotros y sus propósitos relevados en nosotros. Esta clase de esperanza es un ancla para el alma».
4 comentariosMorir para vivir
Este ha sido un comienzo de año donde fue inevitable preguntar: «Señor, ¿qué sorpresa tendrás para mi vida este año?»
El año pasado experimenté parte del dolor que sufrió Job. En un lapso de 21 días murió mi madre, mi suegra –que fue como una madre para mí y que vivió conmigo durante más de 20 años–, mi suegro y un primo de mi esposo que había sido como su padre. Aunque no puedo negar que fueron los días más tensos, tristes y agotadores que había experimentado en mucho tiempo, dentro de todo también pude experimentar la alegría de celebrar la vida y de saber que cada uno de ellos partió después de haber conocido al Señor.
Recientemente tuve la oportunidad de reflexionar en esto cuando participé en un retiro de damas. La oradora invitada fue la Rvda. Maritza Resto, pastora de la Iglesia Discípulos de Cristo, de University Gardens, en Río Piedras, Puerto Rico, y sentí que Dios usó a esta maravillosa mujer para traer el mensaje que yo necesitaba escuchar. Allí pude entender cómo la muerte y la vida convergen en nosotros y cómo es necesario dejar morir unas etapas de nuestras vidas para dar vida a otras etapas.
Cuando nos casamos, tenemos que morir a nuestra vida de solteros para iniciar una nueva vida de casados. Cuando nos mudamos a otro país, tenemos que morir a ciertas costumbres para adaptarnos a otras, y así ocurre con cada área de nuestras vidas.
Precisamente en este momento estoy atravesando el umbral de un cambio importante. Después de 25 años de trabajo con las Sociedades Bíblicas, Melvin Rivera, mi esposo, ha decidido culminar esa importante etapa de su vida para asumir la presidencia de Mercado Cristiano, el ministerio que fundamos hace ocho años y que yo he estado dirigiendo durante todo este tiempo. La llegada de Melvin a Mercado Cristiano sin dudas será de gran bendición para este ministerio, que abarca no sólo esta revista, sino un portal en la Web, una librería, una distribuidora y una emisora de radio que transmite 24 horas por Internet. Melvin viene con un «equipaje» lleno experiencia, nuevas ideas y proyectos que paulatinamente se darán a conocer.
En toda esta relación muerte-vida, es importante entender que cuando una etapa de nuestra vida llega a su fin, no debemos permitir que la incertidumbre y la angustia del «¿y ahora qué va a pasar?», se apodere de nosotros. Debemos recordar que nuestro Dios no es un Dios de etapas, sino un Dios eterno que prometió estar a nuestro lado todos los días, hasta el fin.
El Señor es el que rueda las piedras de nuestro camino, de la misma manera que hizo rodar la piedra de su tumba. Y de la misma forma que se sentó sobre aquella piedra, se sentará sobre los obstáculos que encontremos a nuestro paso, pues es Él quien estará en total control, si buscamos estar en el centro de su voluntad.
3 comentariosContácteme
{mailform}
2 comentarios
La vida no siempre transcurre como la imaginamos o soñamos. Vivimos no en un lecho de rosas, sino expuestos a una ruta de dolor, incertidumbre y frustración. ¿Te has preguntado alguna vez si estás listo para enfrentar la desilusión y caminar sin una guía clara y sin un mapa preciso?